Monograficos

Gentes, Costumbres y Tradiciones

“Las señas de identidad de una comparsa”

Aunque las primeras luces del alba comienzan a recortarse tímidamente sobre la cima de la Sierra de la Villa, las calles de la ciudad todavía se encuentran envueltas en sombras y oscuridad. A lo lejos, un gallo despereza la mañana con su estentóreo canto. Podría parecer que se trata de un amanecer más, pero el inevitable olor a sabina y alábega inunda de tal modo todos los rincones que el ambiente huele sin errores a Fiestas, a septiembre, a Diana.

Como salido de entre la bruma, un vejete enjuto y mal afeitado enfila la calle Elda ataviado con su gastado traje de Moro Viejo y una lanza rematada con una flor de lis pesadamente apoyada sobre el hombro. Un cigarro apagado asoma entre los grises labios para rematar el aspecto de un personaje único e irrepetible.

Al llegar al número siete de la referida calle, el vejete coloca delicadamente la lanza sobre el quicio de la puerta y se aparta unos metros para mirar hacia una de las ventanas situadas en la planta de arriba. Después, alcanza una corneta que lleva colgada en el cinto y tras retirar el cigarro de sus labios, sopla el instrumento con todas sus fuerzas que, a pesar de la apariencia, son muchas. Repite la operación un par de veces más y luego grita:

¡Mi cabo, a la Diana!
Al poco, otro Moro Viejo de talla considerable y gesto serio, sale del interior de la vivienda. El vejete se pone firme y saluda ceremoniosamente al recién llegado. Ambos se miran durante un instante con gesto solemne y después se intercambian una sonrisa de complicidad.

¡Va, Tío Canonche, que hoy no llegamos al desfile! – dice de pronto el “cabo”.
Pos andando, tío “Tito” – responde el vejete.
Y ambos, en alegre camaradería, parten en busca de la Plaza de Santiago. Y en la calle solitaria, el sol comienza a adentrarse parsimoniosamente, mientras en la lejanía, el gallo continúa entonando invariablemente su canto ajeno a la música que, en el otro lado de la ciudad, empieza a adueñarse del día.

Esta historia, a la que hemos revestido de una dosis de literatura, podría simbolizar perfectamente los rasgos de identidad que definen a la comparsa de Moros Viejos. Como también podría hacerlo aquella otra tantas veces referida en que el propio Tío Canonche, tenía por costumbre vender su burro a principios de septiembre para no tener que preocuparse de él en las Fiestas, al tiempo que la venta le reportaba algo de dinero para hacer acopio de comida, bebida y pastas para pasar las Fiestas, y pagar, al tiempo, los deberes contraídos con la comparsa.

De la misma manera lo harían también tantas otras que nos hablan de seres de carne y hueso, hombres y mujeres que habrían quedado en el absoluto anonimato si no hubieran tenido ante sí la oportunidad de hacer algo por la comparsa de sus amores.

Porque, al fin y al cabo, lo que define el espíritu de una comparsa son las personas que han pasado y aún pasan por ella, así como las costumbres y tradiciones que ellas generan a su paso. De esto precisamente, de costumbres y tradiciones, de rostros más o menos apagados que se nos aparecen en el friso de nuestra historia festera, saben mucho los Moros Viejos. Éste es, al menos ése es el propósito, un breve bosquejo de todo ello.

 

LAS GENTES

Primeras décadas del siglo XX

No es la primera vez en que se hace hincapié en la imposibilidad de traer al presente los rostros y hechos de la gente del diecinueve y de principios del siglo XX; la inexistencia de documentos que nos permitan dar luz a aquellas sombras nos obliga a comenzar el viaje con el siglo veinte ya empezado.

De esa época nos llega el Tío Piñero. Queda claro que se trataba de un hombre de carácter, si nos atenemos a las anécdotas a él atribuidas. Pero son muchas las aportaciones que hizo a la comparsa: fue Presidente de la misma, hizo lo indecible para evitar que ésta desapareciera en aquellos difíciles años, buscó hasta debajo de las piedras para conseguir nuevos socios, etc… No obstante, su mayor logro fue iniciar una saga que aún hoy perdura en la comparsa y a la que debemos parte de su historia: los Titos.

Junto a él, merece la pena destacar al “tío Canonche”, uno de los protagonistas de la historia arriba referida. Éste es otro personaje que tuvo la oportunidad de mostrar su marcado carácter y alrededor del cual giran también muchas anécdotas. José Molina, Juan y José Abellán, Jerónimo Cerdán y Juan Catalán, “Centeno”, “Araña”, el “tío Ceuta”, el “Cencerrero” o Juan Guardiola “Campanero” completarían una nómina que no comprendería muchos más socios.

Años treinta y cuarenta

Con Antonio Navarro Navarro se podría afirmar que se inicia la saga familiar, aunque su suegro, el “tío Piñero” tuviera mucho que ver en que la misma se fraguara. No en vano, y acuciado por la constante amenaza de que la comparsa desapareciera por el exiguo número de socios, Miguel Gil puso como condición a su futuro yerno para poder casarse con su hija, que se apuntara de Moro Viejo. En una de las presidencias más difíciles que se conoce, la casa del “Tito” se convirtió en la de la comparsa y, como ya hiciera su suegro años atrás, Antonio se dedicó a buscar socios para engrosar la lista de moros.

En una de esas búsquedas, dio con José Grau López, el cual trabajaba como repostero en el Casino Villenense. Ignoramos los argumentos de que se valdría el “Tito” para convencerle, pero no sólo lo consiguió, sino que además aquél entró de cabeza a la presidencia. Grau se tomó muy en serio el cargo, hasta el punto de conseguir un importante número de altas y socios protectores entre los habituales del Casino que, como es bien sabido, se trataba de la gente pudiente de la ciudad. A ellos dos, a Navarro y Grau, habría que añadir en esa época a Juan Cerdán y Francisco Esteban.

Años cincuenta

De esta década cabe resaltar a los hijos del “Tito”, Miguel y Antonio, que de una manera directa y como mandaba la tradición familiar, se implicaron en el devenir de la comparsa. En cuanto a Miguel, el primogénito, fue presidente desde el 52 hasta el 54, pero sobre todo destaca por ser uno de los impulsores de la primera escuadra especial, la de negros, que más tarde pasaría a denominarse de Capas Verdes.

De su etapa de Presidente nos queda el que fuera capaz de lidiar con una época difícil, acentuada todavía más por el hecho de que el nacimiento de la escuadra de Negros, que desfilaba a marcha mora, obligó a contratar una segunda banda, con el esfuerzo económico que, en aquella época, podía significar. Logro suyo fue obtener una subvención del Ayuntamiento para la traída de la Mahoma desde Biar.

Le sucedería en el cargo Ramón Navarro Tomás, “El Parao”. Con la llegada del nuevo Presidente, también se producirían importantes cambios en la comparsa. Los más significativos fueron, sin lugar a dudas, el que durante su mandato se creara la primera carroza, cuya función era, además de la lógica de transportar a los niños, servir de barrera entre las dos bandas de música y evitar, de este modo, que marcha mora y pasodoble se confundieran durante el desfile. También se realizó en aquella época la primera ofrenda, consistente en un muñeco ataviado con el traje de Moro Viejo.

El progreso supuso que se sustituyera el tradicional carro por un camión para traer a la Mahoma desde Biar. Por último, es reseñable que fuera durante su presidencia cuando se compusiera el primer pasodoble intrínseco a la comparsa. El propio Ramón se encargó de solicitarlo al maestro Ferriz y su título, muy sugerente, fue el de Rumbo y Elegancia.

Junto a ellos, encontramos al ya citado Antonio Navarro Gil, motor indispensable en todas las directivas no sólo de esa década, sino también de las posteriores, hasta culminar con su mandato presidencial que se produciría entre 1971 y 1974, mandato que quedaría bruscamente interrumpido al sobrevenirle la muerte en junio del 75. También a él le debemos el que fuera uno de los precursores de lo que hoy es la Junta Central. Cayetano Navarro, Juan Gallú y Juan Baello serían otros nombres destacados en aquellos lejanos cincuenta.

Años sesenta

La década de los sesenta se iniciaría con la presidencia de Juan Soler Herrero, el Moro Viejo que nunca llegó a vestirse de Moro Viejo. Hombre de profundas convicciones, quizá le tengamos que deber a él que el traje se mantenga fiel a sus orígenes. De hecho, su firme postura ante la petición de algunos socios de hacer oficial el uniforme de los Capas Verdes, muy en boga en aquella época y con mayor número de socios en el desfile que el de mochila, permite que podamos ahora presumir de que sigamos vistiéndonos tal y como venían haciéndolo nuestros ancestros más de un siglo y medio antes.

De esta década debemos hablar también de Francisco Pérez Tomás, “Paco Perros”, cabo con un estilo muy definido y del que debemos destacar su intensa actividad dentro de la comparsa (perteneció a diferentes directivas) y de las Escuadras Especiales (fue cabo de Negros, Capas Verdes y Dragones – Águilas). Ostenta el honor de ser la primera Pluma de Plata que concedió la comparsa, concretamente en el año 78. A ellos dos debemos añadir nombres como los de Miguel Valera, Ángel Molina, José García Conca, Antonio Gabaldón o Juan Leal.

Años setenta

Bartolomé Abellán Martínez y Primitivo Gil Sauco se encargarían de la presidencia en la segunda mitad de esta década tras un primer lustro en el que destacaría Antonio Navarro. En cuanto al primero, tuvo que asumir el cargo de mayor responsabilidad dentro de la comparsa tras la traumática muerte del “Tito”. No fue el suyo un período sencillo, especialmente por las tristes circunstancias en las cuales llegó; sin embargo, supo vencer junto a su directiva los diferentes obstáculos con los cuales se fueron encontrando para terminar desarrollando una digna labor.

En cuanto al segundo, de sobra es conocida la importante revolución que, en comunión con su Junta Directiva, llevó a cabo en esos años finales de la década de los setenta. A él debemos muchos de los proyectos que aún hoy tienen vigencia: institución de los premios Antonio Navarro “El Tito” y Pluma de Plata, creación del acto de la Entradica junto a la comparsa de Cristianos, edición del programa interno y de “La Pluma”, celebración de la primera presentación de Madrina… Y aunque no todo fue positivo, lo cierto es que su presidencia supuso un punto de inflexión que se hacía necesario en una época de cambios en las Fiestas a nivel general.

En las diferentes directivas de la época encontramos también a Antonio García López, Recaredo Payá o Juan Francisco Soler entre otros.

Años ochenta

Sin duda, sobresale en este período la figura de Ginés Antonio López Sánchez; en primer lugar porque ostenta una de las presidencias más longevas que se conoce (desde el ochenta hasta el ochenta y siete, con dos reelecciones y una prórroga); y en segundo lugar porque su equipo emprendió dos proyectos de gran envergadura como fueron la conversión de la comparsa en Asociación Civil y, sobre todo, la adquisición del local social que hoy día disfrutamos.

También es reseñable el que, durante su mandato, se recuperara la tradición perdida en 1968 de que fueran socios de nuestra comparsa los embajadores del bando moro. Al hilo de lo anterior, un año después de este hecho considerado histórico, concretamente en 1984, se creó el lado más jocoso de aquel acto solemne: la embajada humorística.

En los últimos años de esa época encontramos a José Enrique Lillo Martínez, cuyo mandato coincidió con dos episodios diametralmente opuestos: la cara, en el 88, la incorporación de la mujer Mora Vieja a las Fiestas; la cruz, el enorme trastorno que supuso la gota fría del 89 y que tanto complicó las cosas a él y su directiva. Entre uno y otro presidente encontramos nombres coincidentes como puedan ser los de Joaquín Navarro, Andrés Martínez, Francisco Pérez o Miguel Victoriano Navarro.

Y a partir de aquí…

Pues a partir de aquí resulta atrevido pronunciarse, dado que son muchas las personas que deberían aparecer y sería humano dejarse alguna en el tintero, lo cual se podría considerar injusto por mi parte. Ante tal diatriba, he considerado conveniente, a modo representativo, mencionar a los presidentes que ha habido desde el cese de José Enrique Lillo Martínez (1988-1989) hasta nuestros días. Son los siguientes:

Pedro Espinosa Ferriz (1990 – 1993), de quien debemos destacar la organización y desarrollo de los actos del 150 aniversario.
Antonio Belda Alpañés (1994 – 1997), resalta la importante reforma que su directiva realizó en el local social y cuya inauguración datamos en 1994.
Antonio Ibáñez Hernández (1998 – 1999), en su empeño estuvo desde el primer momento sanear la economía de la comparsa, lastrada por deudas que, en algunos casos, venían de varios años atrás.
Pedro Miguel Agredas Martínez (2000 – 2002), en su haber encontramos los actos de celebración del 25 aniversario del Premio “El Tito” y la Entradica, así como la creación del bloque femenino de mochilas
Pilar Micó Micó (2003 – 2005), ostenta el privilegio de ser la primera presidenta de la comparsa, como también de ser la única socia que ha recibido la Pluma de Plata.
Alfredo Fernández Espinosa (2006), él y su directiva, que fue elegida por sorteo entre todos los socios ante la inexistencia de candidaturas, mantuvieron el tipo y realizaron un digno papel, dadas las circunstancias.
Pascual Torres Beltrán (2007), su presidencia no ha hecho más que empezar, pero le deseamos que su mandato sea fructífero para la comparsa.
LAS SAGAS

Si las personas, de una manera aislada, representan una parte importante del devenir de una comparsa a lo largo de la historia, no es menos cierto que el cariño que, de la misma, se va transmitiendo de padres a hijos, simboliza mucho más: la garantía de que esta comparsa podrá perpetuarse en el tiempo. En los más de 150 años que contemplan a los Moros Viejos, son muchas las familias que han ido dejando su impronta. Como ya ocurriera con los personajes, resulta difícil decidir cuáles deberían ser las que aparecieran en este apartado. Finalmente, el criterio elegido ha sido centrarse en aquéllas que partiendo, en algunos casos, en el diecinueve, prolongaron su presencia a lo largo del siglo veinte y nos han llegado hasta nuestros días.

En esta clasificación podrían incluirse algunas, como Los “Colica”, los “Pelotas” o los “Bolos” entre otros; familias que ya cuentan con tres generaciones de Moros Viejos; familias en que los abuelos admiran orgullosos los primeros pasos que dan sus nietos en el desfile de la Esperanza, o que no pueden evitar que se les “caiga la baba” como vulgarmente se dice cuando, aún de bebés, se les viste con una ropita minúscula réplica exacta del uniforme adulto. Sin embargo, de todas esas sagas familiares que enriquecen la lista y la historia de los Moros Viejos, las que a continuación se relacionan son aquéllas que reúnen los requisitos antes expuestos.

Los Titos

¿Qué decir de esta saga que ya no se haya dicho? De sobra es conocido su carisma no sólo en los Moros Viejos, sino en el conjunto de las Fiestas. Incluso este artículo se ha visto impregnado una y otra vez por su presencia. Huelga, por tanto, insistir sobre lo que ya es de sobra conocido. Dejemos entonces que sea la imagen y no la palabra la que nos pueda aportar algo nuevo de esta familia que ya nos ha dado tres generaciones de cabos.

Generación

Nombre

Antonio Navarro Navarro
(1889 – 1975)

Miguel Navarro Gil
(1925 – 1978)

Antonio Navarro Gil
(1930 – 1975)

Miguel Victoriano Navarro Muñoz
1954

Los Valera

Aunque para el gran público no sea tan conocida como la anterior, esta saga ha tenido un papel igualmente importante a lo largo de la historia de los Moros Viejos. No obstante, y a diferencia de los “Titos”, el origen de ésta resulta incierto, puesto que como hemos denunciado reiteradamente, carecemos de documentos que nos aclaren la época anterior al siglo XX. Del primer miembro de esta familia del que se tiene referencia documental es Miguel Valera Cortés, que según consta en el Archivo Municipal, fue capitán en 1921. Su hijo, Miguel Valera Pérez, le sucedió en los asuntos de la comparsa y, al parecer, desarrolló una intensa actividad en la misma a pesar de morir joven (37 años). De su descendencia, destaca Miguel Valera Vargas, el que fuera cabo de escuadra desde 1962 hasta 1978 e, incluso, llegara a comandar el primer bloque algunos años. Tras él, aún encontramos dos generaciones de Moros Viejos: su hijo, Miguel Valera Lillo, y sus nietos.

Los Abellán

Aunque comencemos el repaso a esta saga con José Abellán Vera, el que aparece como Presidente de manera intermitente en las dos primeras décadas del siglo pasado, no resulta difícil conjeturar que un Juan Vera que firma como capitán de la comparsa en 1863 fuera su abuelo materno. Pero, como digo, ante la imposibilidad de conceder certeza a esta conjetura, partiremos del mencionado José Abellán. De él y sus hermanos, que posiblemente también fueran Moros Viejos, el único que mantuvo la tradición familiar fue el menor de la saga, Bartolomé, del que se sabe fue abuelo de otro Bartolomé, Presidente en la década de los setenta y de quien ya hablamos anteriormente. Sus hijos y nietos, socios también de la comparsa, perpetúan de momento la presencia de los Abellán entre los Moros Viejos.

Los Bravo

De esta familia se hace necesario destacar a Pascual Ferriz Bravo, “El Chaconero”, socio que ostenta el número 1 de la comparsa. El origen de la saga se remonta a Juan Bravo “El Cencerrero”, uno de los escasos nombres que aparecen en la nómina de la comparsa en los difíciles inicios del siglo XX. La tradición familiar le vino a Pascual por medio de su abuelo, pero también de sus tíos. Ahora que sus 81 años le impiden disfrutar de los desfiles como él quisiera, sus hijas y nietos se encargan de continuar una saga que comenzó hacia finales del siglo XIX. Es además, tío de Primitivo Gil, de quien también hemos hablado ya y a quien no hace falta presentar.

Los Morteros

Juan García Herrero, “Morterete”, es el primer miembro de la familia del que tenemos constancia. A él le seguiría su hijo José García Conca “El Mortero”, el cual estuvo muy vinculado a las diferentes directivas que se sucedieron en las décadas de los sesenta y setenta ocupando diferentes cargos (delegado, tesorero, delegado en la Junta Central, capitán). Su hijo Juan y sus nietos son las siguientes generaciones de la familia.

 

LAS COSTUMBRES Y TRADICIONES

Ya hemos referido con anterioridad la importancia que tienen en el devenir histórico de una comparsa las costumbres que se van gestando, a veces de manera espontánea, a veces deliberadamente, y que terminan convirtiéndose en tradiciones inamovibles e, incluso, en actos protocolarios. De manera vaga, muchas veces a través de la transmisión oral, nos llegan algunas de esas costumbres que, sin embargo, terminaron por desaparecer.

Entre esas costumbres ya desaparecidas encontramos la obligación que tenía el capitán, a principios del siglo pasado, de custodiar la Mahoma en su propia casa, o la de subir a Biar en carro a recoger a la Mahoma y comer de “sobaquillo” en el bar “La Bombilla”, o la de hacer parada en las dianas en el mercado de abastos (ubicada en la Plaza Mayor) para abordar el puesto de venta de agrios que tenía allí un Moro Viejo de toda la vida: “El Sobao”; pero no era solamente en ese lugar donde se hacía posta; también se visitaban otros donde vivían emblemáticos Moros Viejos para tomar unas pastas acompañadas de Cantueso. Pero especialmente destaca la de alojar cada socio a un músico en su casa durante los días de Fiesta.

Las causas de que esas costumbres se perdieran son diversas: en unas ocasiones por imposición política (en el 78 se perdió la de custodiar la Mahoma un Moro Viejo porque así lo decidió el Presidente de la Junta Central), otras por limitaciones económicas (en 1967 desapareció la de ser un Moro Viejo el embajador moro; esta tradición, no obstante, se recuperaría más tarde) y otras por cuestiones prácticas (a finales de los setenta y ante el espectacular incremento en el número de socios, dejó de utilizarse el motor de “Paco Perros” para la comida de hermandad).

Las hay, sin embargo, que se han perpetuado en el tiempo (privilegio de abrir las Fiestas) o la de visitar la casa de los “Bolos” tras la embajada del día 6, lugar en el que los anfitriones obsequian a los visitantes con un refrigerio.

 

LOS PREMIOS

Estrechamente ligado a las personas, nace la necesidad de reconocer públicamente su trabajo; por ello, en los últimos tiempos, la comparsa de Moros Viejos ha instituido tres premios con ese propósito precisamente, el de valorar diferentes aspectos de las Fiestas. Dos de ellos, el premio “El Tito” y la Pluma de Plata, se gestaron en 1978, mientras que el de engalanamiento de calles, el único de los tres que desgraciadamente ha desaparecido, fue instituido algo más tarde, concretamente en 1992. Cada uno de estos galardones presenta sus propias características, como se puede constatar más abajo.

Premio “El Tito”

El más importante de los tres, pero también de cuantos se entregan en el panorama festero villenense (con permiso del Premio de Ensayo Faustino Alonso Gotor), fue creado, como ya comentamos más arriba, en 1978, siendo Presidente de la comparsa Primitivo Gil. Precisamente, el propio Primitivo, en el prólogo que abría el cuadernillo conmemorativo del vigésimo quinto aniversario del galardón, describía perfectamente el objetivo último del mismo: “El Premio “El Tito” (…) quiso, desde sus comienzos, reconocer el trabajo, la entrega a la Fiesta y la devoción por nuestra Patrona (…) que sirviera para enaltecer estos valores festeros”.

También sirve para homenajear y reconocer la labor realizada por los dos Antonio Navarro, padre e hijo, que tanto hicieron por su comparsa y por las Fiestas en general. Durante todos estos años en que lleva concediéndose, el archivo de los Moros Viejos se ha ido enriqueciendo con el historial de muchos grandes festeros. El premio, se entrega en el acto de exaltación de la Regidora Mayor tras un proceso que conlleva la presentación de candidaturas por parte de comparsas y colectivos relacionados con las Fiestas, así como la posterior deliberación de un jurado formado por personas de gran relevancia cultural y festera.

Con el que se conceda en el presente año serán treinta los galardonados con este premio. En la lista de honor, figuran grandes festeros, pero también colectivos diversos, porque ésa es una de las particularidades que tiene, que se puede premiar también la labor conjunta de un grupo de personas.

La Pluma de Plata

La misma directiva que en el año 78 instituyó el Premio “El Tito”, tuvo a bien crear otro galardón que valorara, en los mismos términos que el anterior, la labor realizada por un Moro Viejo. Ya existían en aquella época reconocimientos similares en otras comparsas y, de hecho, hoy día todas tienen un premio parecido para valorar ese trabajo, muchas veces anónimo pero siempre desinteresado, que realizan sus socios en beneficio de todos.

Este premio se entrega durante el acto de presentación de los cargos y siempre es recibido con agrado por quien lo recibe.

Engalanamiento de calles

El más efímero de los premios entregados por los Moros Viejos (apenas sí duró una década) nació con la intención de valorar una tradición que viene celebrándose desde hace años: adornar y engalanar calles y fachadas en vísperas de Fiestas; además, servía también como acicate para los vecinos que tenían (y aún tienen) como suya esta costumbre.

El galardón era fallado el día nueve, al tiempo que lo hacían también los demás premios propios de Fiestas, y consistía en una placa conmemorativa que era instalada en la propia calle premiada como recordatorio y homenaje del trabajo realizado por sus vecinos. Sin embargo, y como ya mencionamos anteriormente, después de varios años de existencia, dejó de celebrarse por diversas circunstancias hasta quedar definitivamente en el olvido… al menos de momento.

Las calles que merecieron este galardón fueron las que a continuación se relacionan:

Año

CALLE GALARDONADA

1992

Plaza San Crispín

1993

Calle Celada

1994

Calle Virgen del Carmen

1995

Avenida de Elche

1996

Calle El Copo

1997

Calle Cristóbal Amorós (3er. tramo)

1998

Calle Cristóbal Amorós (2º tramo)

1999

Barrio Don Bosco

2000

Calle los Postigos

 

EL INEVITABLE ANIVERSARIO

Como reza el título de este apartado, es inevitable hacer una última parada de este recorrido en el año 92, el del 150 Aniversario, colofón de, como mínimo, siglo y medio de historia, una historia que ha contemplado impertérrita el paso de las personas, y de las costumbres y tradiciones que con ellas llegaron para permanecer o esfumarse en el olvido de la memoria.

En diferentes ocasiones, se ha insistido en el hecho de que tomar el año 92 como punto de referencia para celebrar los 150 años de Moros Viejos es algo estimativo; esto es así porque el primer documento en el que se hace referencia a la naturaleza de las Fiestas como de Moros y Cristianos es precisamente uno que data de 1843. Sin embargo, otros indicios documentales nos hacen conjeturar, sin que esto resulte descabellado, que los Moros y Cristianos ya existían, como mínimo, desde 1838, en los que se manifiesta que las gentes de Villena tuvieron que pelear, con la inestimable ayuda de los de Biar, para hacerse con los restos de la Mahoma en firme oposición a las personas llegadas desde Castalla.

A partir de aquí, y tomando como punto de partida determinados argumentos históricos como el uniforme o los protocolos militares del XIX y épocas anteriores, se pueden plantear teorías que llevan la antigüedad de nuestras Fiestas y, por ende, de los Moros Viejos, más allá de aquella centuria. Nada es descartable, pero lo cierto es que, mientras no salga a la luz algún documento que corrobore lo que los estudiosos dan por cierto, seguiremos tomando 1843 como línea de salida de nuestra historia.

El 92 fue un año muy especial, un año atiborrado de actividades que se fueron celebrando a un ritmo frenético para culminar en Fiestas. El maestro Carrascosa compuso un pasodoble conmemorativo (150 años de Moros Viejos) al que Alfredo Rojas se encargó de poner letra; se grabó un disco (¡todavía de vinilo!) de la mano de la comparsa de Cristianos; se celebraron comidas y almuerzos por doquier; se publicó la revista oficial del aniversario; se instituyó el premio de Engalanamiento de calles… Sin duda, un año inolvidable. Han pasado quince años desde entonces, pero parece que fue ayer, y para cuando nos queramos dar cuenta, estaremos con los preparativos del 175 Aniversario (está, como quien dice, a la vuelta de la esquina).

 

CONCLUSIONES

Probablemente, cuando aquellas gentes de un incierto día del diecinueve se ataviaran de moro para iniciar un desfile basado en raíces militares, no se les pasaría por la cabeza que estaban dando comienzo a una costumbre que ellos y sus descendientes terminarían transformando en tradición, pero lo cierto es que a esos antepasados debemos lo que ahora tenemos. O dicho de otro modo y parafraseando a Sir Fred Hoyle, astrónomo británico del siglo XX, “Las cosas son como son porque fueron como fueron”.

 

Trabajo cedido por D. FRANCISCO JAVIER RODENAS MICÓ (2008)

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